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30 Mar 2026

Carta Pastoral de Monseñor Guillermo Caride

HABITAR LA INCERTIDUMBRE DESDE NUESTRA EXPERIENCIA PASCUAL

Queridos hermanos y hermanas: ¿Quién nos moverá la piedra? Se preguntan las mujeres, cierta era la muerte de Jesús, pero ¿Qué ocurría en su corazón camino al sepulcro? La incertidumbre. Celebrar la Pascua es el centro de la vida cristiana. Ella es nuestra fuente, desde donde nos animamos a vivir y comprender toda nuestra existencia. Con ocasión de esta celebración, les escribo esta carta pastoral para invitarlos a reflexionar, a lo largo de este año pastoral, sobre nuestra experiencia humana de la incertidumbre, iluminados por la luz de la Pascua. Lo hacemos como pueblo de Dios: con la Palabra, la oración y el caminar juntos. 

 

  1. Nombrar la incertidumbre: signos del cambio de época 

Al nacer, un niño llora. La exposición a lo que sucede en el presente, a lo que ocurre más allá de nosotros y al futuro que se abre ante nuestra vida forma parte de la belleza misma de existir. Esta apertura nos permite descubrir el mundo, pero también nos introduce en la experiencia de la incertidumbre, que habita nuestra mente y nuestro corazón.

¿Quiénes somos? ¿Cómo vivir la vida? ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Qué pasará mañana? Las preguntas son el lugar donde se vuelve consciente en nuestro interior la experiencia de la incertidumbre. Allí comenzamos a ponerle palabras a aquello que nos atraviesa en nuestro modo de sentir, percibir e interpretar la vida y el futuro. No es una experiencia ajena a la fe: también la fe se vive en el camino, con preguntas y búsquedas. 

Estamos solos frente a las preguntas; solos frente a la exposición; solos frente a la propia vulnerabilidad; solos ante la apertura al futuro. Porque la respuesta tenemos que darla nosotros. Pero no caminamos solos: el Señor nos acompaña y su Espíritu sostiene nuestro corazón. 

En el centro de la incertidumbre está el miedo al futuro, que lo tiñe todo: el temor al caos, a que esta vida no tenga sentido, a que lo malo, lo oscuro y la muerte terminen devorando la belleza de la vida. Ese miedo puede cerrarnos, aislarnos, endurecernos. Por eso necesitamos nombrarlo con verdad delante de Dios. 

Les propongo como primer paso de este ejercicio espiritual que asumiendo la vida desde su condición de exposición a la incertidumbre podamos describir las manifestaciones de ella en la realidad de nuestro mundo. Pongamos nuestras propias palabras a las preguntas que brotan de la experiencia de incertidumbre actual. 

Vivimos un cambio de época, y todo cambio implica crisis. La historia universal nos ofrece numerosos ejemplos de crisis atravesadas por la humanidad. En estos procesos, muchas cosas no vuelven a ser como antes: lo conocido, lo previsible, lo que considerábamos “normal”. 

Al mismo tiempo, lo nuevo aparece confuso, difícil de nombrar y siempre provisorio. En este clima, muchos sienten cansancio, temor, y una especie de desorientación que se cuela en la vida cotidiana. 

Este cambio de condiciones se experimenta en lo social, económico, laboral, cultural y ambiental. Todas las dimensiones de la vida están atravesadas por esta transformación. No es raro entonces que aparezcan dudas y preocupaciones profundas. 

Las relaciones entre los pueblos y las naciones parecen haber perdido aquel marco que, después de la Segunda Guerra Mundial, nos hacía creer que existían vías diplomáticas, acuerdos e instituciones capaces de encaminar los conflictos hacia la paz. 

También esta realidad hiere nuestra esperanza y nos deja con preguntas. 

En este contexto nos surgen preguntas personales: ¿conservaré mi trabajo? ¿De qué trabajarán mis hijos en medio del cambio tecnológico? ¿Cómo podré sostenerme económicamente al jubilarme? ¿Qué aire, qué tierra y qué agua recibirán las nuevas generaciones? Y quienes socialmente vienen viviendo en la pobreza desde hace generaciones, al mirar hacia adelante, se preguntan: ¿qué futuro? Son preguntas que merecen ser escuchadas con respeto, sin respuestas rápidas, y sostenidas en comunidad. 

También cambian las formas en que las personas perciben su identidad. Se debilita el valor social de las instituciones: ni los padres, ni la escuela, ni las confesiones religiosas tienen hoy la primacía como transmisores de sentido para las nuevas generaciones. 

Muchos jóvenes están buscando como pueden, y a veces lo hacen en soledad.

Son rasgos de nuestra época la velocidad, la simultaneidad y la sucesión constante de experiencias. En este clima se expresa una cierta fluidez en la comprensión de uno mismo, muchas veces encerrada casi exclusivamente en el presente. Por eso cuesta más sostener decisiones duraderas y compromisos hondos. Surgen preguntas como estas: ¿qué capacidad tengo de elegir, de optar, de renunciar, de vincularme, de entregarme? ¿Y si al hacer opciones me queda algo sin experimentar o conocer? 

La caída tan vertiginosa de la natalidad, ¿no nos habla también de cómo las nuevas generaciones perciben social e individualmente el futuro? 

Este cambio de época también atraviesa a la Iglesia. Nos surgen preguntas que muchos comparten: ¿por qué disminuyen las vocaciones consagradas? ¿Por qué son menos los matrimonios celebrados sacramentalmente? ¿Por qué algunas comunidades se hacen más pequeñas? ¿Qué está sucediendo en la transmisión de la fe en las familias?

Modos de comprender las identidades, formas de interpretar el mundo y procesos pastorales que antes orientaban la vida cotidiana hoy ya no responden plenamente a la realidad de las personas. No lo decimos con tristeza estéril, sino con el deseo de escuchar lo que el Señor está purificando y renovando en su Iglesia. 

He querido poner voz a algunas manifestaciones de la incertidumbre que escucho en distintas conversaciones. Por eso los invito a realizar este ejercicio personal y comunitario: nombrar, manifestar las expresiones de incertidumbre que percibimos en nuestra realidad cercana: ¿cómo se expresa la incertidumbre entre nosotros? Detenerse a escuchar todas las voces, niños, adolescentes, adultos, adultos mayores, los enfermos, los pobres, los que padecieron un delito y los presos. Que nadie quede afuera de esta escucha. 

  1. Las fugas ante la incertidumbre: búsquedas y reacciones humanas

Los invito a dar un paso más en la reflexión y tratar de identificar diferentes formas de respuesta a la incertidumbre. 

Cuando el ser humano toma conciencia de ella, busca respuestas. No soportamos por mucho tiempo la ausencia de una mínima respuesta a la incertidumbre. Nadie sabe cuál es el nivel de incertidumbre que puede soportar una persona, una comunidad, una sociedad, o un pueblo. Por eso el hombre busca una respuesta, algún modo de vivirla. Y esta se presenta por medio de diferentes expresiones espirituales y existenciales. Aquí necesitamos mucha misericordia: detrás de muchas reacciones hay heridas, cansancio y miedo.

Quiero detenerme en algunas respuestas que denomino “fugas”. No utilizo esta expresión con carga moral, sino como descripción de una reacción humana ante situaciones que no nos resultan soportables y nos mueven a salir rápidamente de la incertidumbre. Son atajos del corazón cuando falta horizonte. 

Hay fugas hacia atrás: idealizamos las formas del pasado, lo considerado normal en otra época, creyendo que si vuelve la “vida de antes” se eliminará el malestar. Son las fugas de la nostalgia. Nos consuelan por un rato, pero no nos devuelven la paz. 

Hay fugas que buscan alcanzar la claridad para distinguir el blanco del negro, que nos hacen pensar que si determino la única causa de todos los males e identifico un enemigo a vencer, habré logrado salir del malestar de la incertidumbre. El algoritmo que solo nos reúne con quienes piensan igual y las llamadas “guerras culturales” que se enarbolan desde variados lugares, son distintas expresiones de esta búsqueda. Cuando reducimos la realidad, también se achica el corazón. 

Hay fugas hacia el presente. Si no sabemos lo que pasará y no aparece un proyecto de futuro, entonces se busca consumir el ahora. 

Cuando todo se convierte en objeto de consumo —bienes, experiencias, emociones— también las relaciones corren el riesgo de vivirse bajo esa misma lógica. En ese contexto aparecen otros consumos: alcohol, drogas y diversas adicciones que provocan serios daños en la salud de las personas y en sus vínculos más cercanos. 

La compulsividad y la reacción inmediata, sin reflexión antes de actuar o hablar, se vuelven un modo frecuente de enfrentar la realidad. El lema parece ser: “ahora o nunca”, como si no hubiera futuro. 

Si no hay un futuro que nos incluya a todos, si la norma es el individualismo, que nos hace pensar que todo depende de uno mismo y que solo sobrevivirá el más fuerte, no sorprenden las distintas violencias que atraviesan nuestras sociedades. 

Estas se presentan como respuestas equivocadas para salir del conflicto ante la ausencia de percepción de futuro. Cuando se pierde el “nosotros”, crece la intemperie. 

En fenómenos complejos como el narcotráfico y otras formas de delito, ¿no podríamos descubrir también la huella existencial de una fuga de la incertidumbre? 

¿No podría estar presente la idea de que, si “no hay futuro”, entonces la vida “no vale nada”, ni la propia ni la de los demás? 

Por eso se vuelve urgente una esperanza concreta y encarnada que vuelva a decir: tu vida vale, tu vida tiene sentido. 

Y existe también la fuga hacia adelante: cuando pretendemos controlar el futuro, anticiparlo todo, viviendo con ansiedad proyectados hacia lo que podría suceder. Muchas búsquedas existenciales pasan por encontrar algún modo de asegurarse un futuro previsible, pero a costa de vivir bajo la tiranía de la exigencia del rendimiento. El corazón se agota cuando cree que todo depende de él.

Las fugas presentadas son distintas maneras de intentar darse una respuesta frente a la incertidumbre. Por eso, al describirlas, no las estoy juzgando moralmente; simplemente busco proponerles que avancemos en reconocer los modos de afrontar la incertidumbre que podemos percibir en la sociedad. Se trata de hacer el ejercicio de pensar y sumar otras que quizá no estén aquí mencionadas. Es dar un paso más intentando interpretar, tratando de comprender las reacciones ante la incertidumbre. Comprender es un modo de empezar a sanar. 

Les propongo que pensemos: 

¿Qué reacciones a la incertidumbre percibo en los ambientes que frecuento? 

¿Percibo algunas de las fugas mencionadas en el texto? ¿Qué otras reacciones destacaría? ¿Podríamos identificar algunas en nuestra comunidad?

¿Cómo es mi manera de reaccionar a la incertidumbre?

  1. Jesús, Dios hecho hombre, asumió nuestra incertidumbre hasta la Pascua: esperanza que habita nuestra vulnerabilidad

La Pascua de Jesús toma nuestra vulnerabilidad, nuestra exposición al límite, a la finitud de la vida, al mal y la muerte. ¿Cómo no contemplar en la cruz a Jesús, que bebe hasta el final el cáliz de nuestra incertidumbre? La respuesta solo la puede brindar Dios. Solo desde su Amor se puede engendrar una promesa capaz de sostener la esperanza para poder habitar la incertidumbre humana. En la cruz no hay explicaciones rápidas: hay Amor fiel. 

La imagen de las mujeres que van al sepulcro a ungir el cuerpo de Jesús expresa el momento donde todo ser humano se pregunta si hay respuesta a la incertidumbre: ¿hay futuro? ¿Hay sentido? ¿O todo termina en la muerte? También nosotros vamos con ellas: con preguntas y con lágrimas. 

La respuesta brota enteramente del amor del Padre, que, asumiendo desde dentro la vulnerabilidad humana, quiso engendrar la Vida que nos abre a una experiencia nueva. Jesús resucitado es el primero de todos. La historia, el mundo, la creación y cada hombre y mujer están redimidos, rescatados por su pasión, muerte y resurrección. Él es el principio y el fin. Desde allí somos despertados, llamados e invitados a participar del Reino de Dios, el futuro que ya está aconteciendo. La esperanza cristiana no es optimismo: es certeza pascual. 

Esta certeza pascual está fundada en Dios, siempre más grande que lo que podemos percibir, más honda que nuestra comprensión. La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven. Hb 11,1. 

Es fundamento para caminar en medio de nuestras inseguridades y preguntas. Él sopla su Espíritu sobre nosotros y nos transforma desde dentro. Nos hace hijos, hermanos y herederos. Infunde en nosotros la fe, la esperanza y la caridad. 

No nos trae una puerta de escape a los dolores o frustraciones de la vida; no es un soporte ideológico para reducirlo todo a una interpretación que simplifique las respuestas, ni nos propone una comunidad de aislamiento que busca sobrevivir a la incertidumbre relacionándose solo con los idénticos. La Pascua no nos encierra: nos abre. 

Nos regala su amor y gracia, para simplemente confiar, esperar y amar. La respuesta del cristiano ante la incertidumbre no viene de afuera; nace del Espíritu Santo que nos habita. Se trata de una relación, la que el Espíritu nos ofrece con Jesús resucitado, y por eso mismo no podemos nunca afirmarla como una posesión. Se vive con gratitud.

Por ser don gratuito, vínculo con Jesús resucitado, incluso cuando no entendemos todo, podemos sostenernos en Él. 

Allí aprendemos a ser creyentes y peregrinos en medio de las incertidumbres de nuestra época. La vida en el Espíritu va generando las formas, los modos y los estilos de expresar esa fe, esperanza y caridad. Los testimonios son manifestaciones del Espíritu en vidas concretas que hacen visible, en el tiempo presente, aquello que Dios quiere obrar en plenitud para todos. La santidad cotidiana es uno de esos signos: gente sencilla que sostiene la esperanza. 

El diálogo sinodal no es una estrategia organizacional, sino una escucha y una conversación para discernir lo que suscita el Espíritu Santo como forma de discipulado del Señor Jesús en medio de las manifestaciones de la incertidumbre de nuestro tiempo. Con los otros aprendemos a ser discípulos misioneros, profundizando las preguntas que nos suscita este tiempo de cambio y atravesando el miedo para reconocer aquello que Dios nos va regalando desde la esperanza en su Promesa. 

Él nos enseña a vivir la radicalidad del amor que Jesús propone en este tiempo cultural de la “provisoriedad de las elecciones”. Nos anima a levantar la mirada, a hacer opciones más allá del solo presente y a engendrar la capacidad de darnos y ser fecundos en el tiempo. En la experiencia creyente de sabernos amados, nos ayuda a asumirnos como don y a reconocer que nuestra dignidad y valor no dependen del rendimiento. 

En la fe podemos vivir el límite humano en paz, liberados de la omnipotencia y de la exigencia de ser eternos exploradores y consumidores de sensaciones. La Pascua nos devuelve el centro: no “rendir”, sino “recibir y dar”.

Es Él quien, infundiéndonos la caridad, nos hace solidarios con quien sufre, nos enseña a vincularnos desde la compasión y quien engendra modos comunitarios que superan el aislamiento individualista. La esperanza se vuelve concreta cuando se hace cercanía. 

Nos abre a un modo de comprender la propia vida incluyendo a otros, a experimentarnos parte de una comunidad, miembros de un pueblo que el Espíritu Santo recrea en cada tiempo histórico, llamado a su Reino de amor, vida, justicia, verdad, libertad y paz. Somos pueblo, no individuos sueltos.

Por eso les adjunto algunos textos de la Palabra para que nos iluminen en nuestra búsqueda de ser creyentes peregrinos en tiempos de incertidumbre. Les propongo que, durante este año pastoral, podamos discernir aquello que el Espíritu de Jesús resucitado va suscitando en nosotros como movimientos de la fe, la esperanza y la caridad; es decir, las manifestaciones que brotan desde la interioridad de las personas y comunidades para afrontar las manifestaciones de las incertidumbres actuales. 

  1. Discernir la misión: ser peregrinos y testigos de la esperanza

Hacemos memoria y damos gracias por como el Señor nos ha regalado su presencia en medio nuestro en todos estos años de vida diocesana, el año que viene celebraremos nuestros 70 años como diócesis. Pero esta memoria agradecida es invitación a discernir el presente. ¿Por dónde nos va conduciendo el Señor en la misión?

Discernir es escuchar a Dios en lo que vivimos, escucharlo en la resonancia de su Palabra en nosotros. 

El diálogo misionero debe llevarnos, en primer lugar, a escuchar las distintas manifestaciones de la incertidumbre presentes en nuestra realidad. 

Esto implica compartir las preguntas que nos hacemos con distintos hermanos, creyentes o no; escuchar la voz de los jóvenes y de los mayores, de los pobres y de todo hermano que sufre. También supone salir desde nuestras comunidades para acoger las búsquedas y los modos en que las personas afrontan la incertidumbre, reconociendo aquello que el Espíritu siembra más allá de nosotros. 

La misión empieza por la escucha, no por el apuro de responder. 

El creyente peregrino es el que mira a los costados y se abre a compartir las preguntas a las que estamos expuestos por nuestra vulnerabilidad humana; quien asume las manifestaciones de la incertidumbre de nuestro tiempo y permanece allí, habitado por la esperanza que nos regala el Señor de la Pascua. Permanecer allí: sin huir, con Jesús.

La misión no es proselitismo ni la venta casa por casa de un producto para calmar la ansiedad que genera la incertidumbre, sino el testimonio de la esperanza que nos habita: ser testigos de la promesa de Cristo resucitado, en quien está puesta la confianza de nuestro futuro. La esperanza se anuncia con la vida, con obras y con verdad.

Les he propuesto un camino para un ejercicio de reflexión y discernimiento: asumir nuestra condición humana expuesta a la incertidumbre, describir sus manifestaciones en nuestro tiempo, identificar algunas de las búsquedas de respuesta que surgen en nuestra época y abrirnos, desde la celebración de la Pascua, a discernir las inspiraciones del Espíritu Santo, los movimientos de fe, esperanza y caridad que suscita en nosotros. Un camino posible para cada uno y para toda comunidad.

Los invito a que nos demos el espacio, en nuestras comunidades, grupos, instituciones educativas, movimientos y centros de Cáritas, para sostener este diálogo misionero que nos permita discernir los caminos de la misión. 

Que escuchemos la Palabra, que recemos juntos, que conversemos sobre lo que suscita en nuestro corazón y que celebremos la eucaristía dominical dando gracias por la esperanza que no defrauda y que ilumina las manifestaciones de la incertidumbre. La Eucaristía es escuela de esperanza. 

Tengo presente en el corazón al escribir esta carta a quienes están pasando situaciones dolorosas o angustiantes. Él nunca nos suelta la mano. 

La fidelidad del Señor siempre sorprende. Que el Espíritu nos conceda la gracia de percibir por dónde quiere conducirnos en este tiempo cultural. Que el Señor nos renueve en la fe, esperanza y caridad en esta Pascua. 

Dios los bendiga y acompañe a lo largo de todo este año. 

 Guillermo Caride –  Obispo de San Isidro

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