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27 Jun 2022

SEMANA SOCIAL 2022 – Charla Introductoria en la Jornada de Pastoral Social

† Oscar V. Ojea

Obispo de San Isidro

Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

 

 

La Pastoral Social de la Iglesia nos ilumina con la luz del Evangelio para alcanzar vínculos de equidad y justicia en nuestra convivencia social, buscando comprometer a todos los actores sociales  para transformar esta realidad.

Nos dice Francisco en  la Alegría del Evangelio 176 “Si la dimensión social del evangelio no está debidamente explicitada siempre se corre el riesgo de desfigurar el sentido autentico e integral que tiene la misión evangelizadora, ya que Dios en Cristo no redime solamente la persona individual sino también las realidades sociales entre los hombres.”

¿En qué contexto nos encontramos para llevar adelante esta tarea?

Los efectos de la pandemia han dejado secuelas entre nosotros que todavía no estamos en condiciones de evaluar en forma definitiva. Se han acentuado la depresión, el enojo, el desaliento y la frustración.

Ha aumentado el clima de violencia que respiramos diariamente.

La tercera guerra mundial que se va realizando de forma fragmentada  en diversos lugares del mundo, especialmente en Ucrania, nos ha sorprendido por su crueldad, por la profunda deshumanización que conlleva, por el aumento de la venta de armas y de aquellos que lucran con la guerra.

En medio de este panorama aparece la corrupción en la expresión del Papa es la “gangrena de los pueblos” y que es una constante tentación para todos aquellos que ejercen poder material, político y espiritual.

En el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, el Santo Padre nos propone dos caminos para construir una paz duradera. El dialogo entre las generaciones y la promoción del trabajo para una plena realización de la dignidad humana. Ambos caminos nos educan para la paz.

El dialogo intergeneracional es imperioso para recuperar la confianza entre nosotros. Vemos soledad en los mayores y falta de esperanza en los jóvenes. Ambos se necesitan, unos son depositarios de la memoria, otros son constructores de la historia. Es imposible ocupar un espacio como si no hubiera pasado ni futuro.

Es preciso hacer memoria para proyectar la esperanza. Sin memoria no hay esperanza. Hoy muchas veces la memoria es sustituida por la reproducción virtual de cualquier suceso. Ese automatismo va disolviendo la profundidad en la que se destaca el brillo de los acontecimientos. La memoria en cambio pasa delicadamente por la mente y el corazón los acontecimientos de la vida, los jerarquiza y los valora para lanzarnos desde allí hacia adelante.

Los mayores por otra parte debemos ahondar en la conciencia de dejar para nuestros hijos un mundo mejor del que hemos recibido, ya que este es un préstamo que debemos cuidar para entregar mejor a la generación futura, como nos enseña Laudato Sí.

El otro camino para la construcción de la paz nos dice en el Mensaje, es la promoción y la seguridad del trabajo.

“El trabajo es el espacio donde ofrecemos nuestro aporte para ser un mundo más habitable y generoso. El trabajo es una necesidad, es parte del sentido de la vida en esta tierra. Hace a la dignidad más profunda del ser humano. Es camino de maduración, de desarrollo y de realización personal. Ayudar a los desocupados con subsidios debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias.  El gran objetivo debe ser siempre tender a una vida digna a través del trabajo…”

“El empresario es una figura fundamental de toda buena economía”. Es imprescindible su capacidad y su talento para la creación de trabajo y para la creación de productos. El verdadero empresario conoce a sus trabajadores porque trabaja junto a ellos y con ellos. El empresario es antes que nada un trabajador, si él no tiene esta experiencia de la dignidad del trabajo, no será un buen empresario. Sabe compartir las fatigas de los trabajadores y la solución de los problemas. (Mensaje al mundo del trabajo en Génova, 27 de mayo de 2017)

En los comienzos de los años 60, movidos por la Encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII y Populorum Progressio de Juan Pablo VI, el magisterio social de la iglesia nos hacía pensar en la participación de los obreros en las ganancias de las empresas.

En esos años decía Enrique Shaw un empresario argentino cuyo proceso de beatificación está próximo a concluir: “hay que cristianizar la clase patronal argentina y mejorar la convivencia social dentro de la empresa. Es necesario humanizar la fábrica. Su primer deber es el amor al trabajador y crear trabajo, sembrando esperanza  y sabiendo renunciar en tiempos de crisis al beneficio del momento.”

Nos encontramos frente al enorme desafío de aumentar la creación de trabajo con un salario digno que sostenga su poder adquisitivo. Se puede generar trabajo pero en muchísimos casos no se puede llegar a fin de mes.

Por otro  lado, el hecho de estar viviendo una crisis tan grande no nos exime de abarcar con nuestra mirada las necesidades de todos los trabajadores. Si de verdad pensamos en una sociedad inclusiva es fundamental no descartar a nadie. Según el Informe de Caritas Argentina junto con el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, solo el 42% de la población activa logra acceder a un trabajo digno, a la vez que el 58% solo accede a un empleo precario, a un trabajo de indigencia o está desocupado.

Ha bajado el nivel de sindicalización en Argentina, también en el mundo. El empleo asalariado con convenio colectivo, aguinaldo y vacaciones no absorbe la totalidad de la fuerza de trabajo disponible es decir, de hombres y mujeres en edad laboral. Por lo tanto, una visión humanista y socialmente justa tiene que contemplar las condiciones de estos trabajadores que están afuera del sistema de trabajo tradicional. Todos quisiéramos que haya empleo para todos, pero eso no parece una perspectiva realista en el corto plazo.

No debemos hablar tanto y solo de planes sociales que son necesarios en la coyuntura, sino de un verdadero plan de Desarrollo Humano Integral que incluya un proyecto de repoblación de nuestro país para encausar la angustiante necesidad de tierra, techo y trabajo que tiene gran parte de nuestro pueblo. El tema del ordenamiento territorial nos parece prioritario.

En la Argentina existen 5687 villas o barrios populares. En los últimos años  han aumentado los pobres y los indigentes. Aquí se encuentra el núcleo más duro de la pobreza.  La brecha entre nosotros se ha agigantado.

San Pablo VI decía que el desarrollo es el nuevo nombre de la Paz pero esta paz no será posible si no se acorta esta brecha, si no se acortan las distancias.

Nos encontramos frente a estos inmensos problemas que muchas veces se nos presentan como un verdadero laberinto.

En su libro Soñemos Juntos el Papa Francisco nos dice que de un laberinto se sale de dos modos: descentrándose y trascendiéndose. Es decir, intentando mirar las situaciones de carencia de los demás y no solo las necesidades propias, y al mismo tiempo, buscando una mirada que nos coloque por encima de las situaciones para poder generar diálogos fecundos entre todos los actores sociales, el Estado, los sindicatos, los empresarios y los movimientos sociales.

Debemos buscar una visión superadora de la violencia ligada a la lucha por espacios de poder y que nos permita centrarnos en las verdaderas necesidades y búsquedas de nuestro pueblo llamado a desarrollar su vida en una sociedad justa y fraterna como lo expresa tan claramente el Magisterio de la Iglesia en Fratelli Tutti.

 

Buenos Aires, Mar del Plata, viernes 24 de junio de 2022.

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